jueves, 17 de febrero de 2011

MALARIA



Introducción

Este ejercicio final sobre plagas y calenturas está dedicado a una enfermedad que, a pesar de ser una antigua peste, aun hoy asuela extensas regiones del planeta. Entre nosotros, pocos habrá quienes la relacionen con nuestro país. Sin embargo, estuvo muy presente desde los orígenes de la nación hasta pasada la mitad del siglo veinte. Y, aunque hoy parece circunscripta a zonas endémicas de la frontera norte de Argentina, quien puede asegurar que la malaria no regresará.

Entre chuchos y tercianas.

El amor y la guerra habían llevado a Huayna Capac, único Inca no nacido en el Cuzco, a instalarse en Quito[1] . Fue allí donde supo de aquellos extraños de piel blanca que asomaban desde el mar. El conocía bien la profecía que anunciaba la llegada de un tiempo cuando el Inca debería enfrentar a gente nunca antes vista, que destruiría el Imperio.

Sin embargo enfermó, el frío de la terciana[2] -a la que llamaban chucho- y el ardor de la rupa[3] lo consumirían hasta la muerte. Huayna murió sin conocer aquellos singulares visitantes. Serían sus hijos, Huascar y Atahualpa, quienes, mientras disputaban por la sucesión, tendrían el privilegio de lidiar con los hombres blancos de barbas negras.

Tres siglos más tarde, a fines de junio de 1813, el General[4] se instalaba en Potosí, antiguos dominios incaicos, al mando del Ejercito del Norte. Hasta allí había llegado siguiendo las órdenes de Buenos Aires. No fue una misión simple -recordará en sus memorias- ya que, apenas un año después de haberse hecho cargo de las tropas, “con dificultad podía presentarse una fuerza más deshecha por sí misma, ya por su disciplina y subordinación, ya por su armamento, ya también por los estragos del chucho…”

Aquel padecimiento no podía sino afectarlo a él también. Así fue que, después de la batalla de Salta, escribía al gobierno de Buenos Aires: “Estoy atacado de fiebre terciana, que me arruinó a términos de serme penoso aún el hablar; felizmente la he desterrado y hoy es el primer día, después de los doce que han corrido que me hallo capaz de algún trabajo”. En tales condiciones libró las batallas de Vilcapugio y Ayohuma y así continuó hasta que lo reemplazó San Martin[5] . Éste, ante el reclamo del Gobierno de que aquel regresara para ser juzgado, respondería sobre la partida de Belgrano: “Por ahora no puede tener efecto por hallarse dicho brigadier enfermo al parecer de terciana, y que poniéndose en camino las lluvias y el calor seguramente le agravarían la enfermedad, y pondrían en grave riesgo su vida”.

Su médico personal[6] lo trataría con te de corteza de quina[7] , medicación utilizada por los primitivos habitantes de los Andes. A pesar de ello continuará enfermo. Un lustro más tarde morirá el día de los tres gobernadores[8].

Se le atribuyeron varias dolencias, sin embargo, el médico que realizó su autopsia reveló que “le sacó una gran cantidad de agua, encontró un tumor en el epigastrio derecho, el hígado y el bazo aumentados, los riñones desorganizados, los pulmones colapsados, el corazón hipertrofiado”. La malaria y la tripanosomiasis[10] pudieron haber sido quienes provocaran tales alteraciones en sus vísceras y, tal vez, la causa base de su muerte.

San Martín no duraría más que unos pocos meses frente a las tropas en el norte. Aduciendo estar enfermo se trasladó a Córdoba y más tarde a Mendoza.

Hubo quienes pensaron que los problemas con su estado de salud no fueron sino un mero pretexto para separarse de un mando en el cual no creía que debiera continuar[11] . No obstante, uno de sus oficiales dará fe de que “estuvo enfermo, pues vomitó sangre en varias ocasiones” [12].

Más tarde su empeño en ejecutar el plan[13] que lo había traído a América lo llevaría hasta el Perú y desde allí al destierro. Las Provincias Unidas se debatirán por más de medio siglo en guerras civiles para penuria de sus pueblos. “Mi ánimo, diría Belgrano, se abatió y conocí que nada se haría a favor de las Provincias por unos hombres que por sus intereses particulares posponían el del común”[14].

Civilización o malaria

La Asamblea Legislativa debió postergarse por “una calamidad pública cuyas víctimas habían sido Buenos Aires y Corrientes” [15]. El Presidente de la República, dirigiéndose a aquella, decía además: “La epidemia que acaba de desolar estos centros de población ha adquirido, la importancia de un hecho histórico. Hay ciertas obras públicas que hoy constituyen, por decirlo así, el organismo de las ciudades, y cuya falta puede exponerlas a las más serias catástrofes. Las nuestras han venido, entre tanto, acumulando su población, merced al impulso vivificador del comercio, sin que se pensara en la ejecución de aquellas y se advirtiera el peligro.” Y con tono amenazante, continuó: “La lección ha sido severa y debemos aprovecharla.” [16]

Allí, tal vez, se iniciaba la modernización que no carecía de consideraciones sociales, y que en el campo de la salud, exponía el diputado Wilde: “Salud del pueblo quiere decir instrucción, moralidad, buena alimentación, buen aire, precauciones sanitarias, asistencia pública, beneficencia pública, trabajo y hasta diversiones gratuitas…” [17]

Aquel afán se traduciría en obras sanitarias y hospitales que cambiaron, especialmente, la ciudad de Buenos Aires y fueron una forma eficaz de combatir algunas epidemias. Sin embargo, el chucho permanecía imbatible en la región endémica, que se extendía por los valles cordilleranos desde Jujuy hasta Catamarca.

A pesar del auge modernizador[18] , asentado en el importante crecimiento económico, es recién en 1891 cuando aparece el primer trabajo científico abordando el problema del paludismo en nuestro país[19].

En aquellos tiempos estaba universalmente aceptado que la enfermedad era causada por los miasmas que se desprendían de los pantanos. Para muchos los efluvios nocivos surgían del material orgánico que, caído dentro del agua de las marismas, se descomponía liberando vapores pestilentes a la atmosfera. En consecuencia, la malaria o paludismo[20] emergía cuando individuos susceptibles inhalaban los gases o los absorbían a través de los poros. Aún después, con la aparición de la teoría de los “gérmenes”, se creía que la gente se infectaría al cruzar los campos de muerte[21] contaminados y respirar en los vapores venenosos o cuando se bebiera el agua infecta de la ciénaga.

Recién durante la segunda presidencia del Zorro[22] la lucha contra la malaria comienza a institucionalizarse reflejando la preocupación que las “elites” gobernantes tenían sobre la higiene científica como vehículo para civilizar el país[23] . Se sostenía entonces la tesis de que enfermedad, inmigración y desarrollo agrícola estaban íntimamente ligados. Fue Cantón[24] quien introdujo la idea de que la raíz del persistente retraso de la región, que se manifestaba por un lento desarrollo económico, disminución de la población y la dificultad para atraer inmigrantes, se debía al paludismo. Bialet Massé aseguraba que allí, en el noroeste, “todas las gentes llevan impresos los síntomas de un paludismo agotante y matador…rostros amarillos, verdosos, flacos y afilados, con la angustia del sufrimiento; algunos con el vientre desmesuradamente abultado, de perezoso andar.” [25]

El fuerte crecimiento económico observado en la última parte del siglo XIX y primera del XX, la belle époque, estuvo sostenido por las exportaciones, hacia Europa, de los frutos de las Pampas (carne, trigo, lana, etc). Las elites operaban bajo una gran influencia europeizante en las artes, el gobierno, el comercio, las políticas sociales y la ciencia. Como no podía ser de otra forma, la lucha contra la malaria no escapó a esos influjos y fue, principalmente, el modelo italiano el que se seguiría por varias décadas. Las relaciones institucionales Italo-Argentinas en el campo de la malariología fueron las que ayudaron a transferir y sostener aquí el modelo italiano.

En las postrimerías del siglo XIX, en Italia, se verificaba la participación de los mosquitos en la transmisión de la enfermedad. Como los pantanos eran los lugares donde aquellos se criaban, y con la cultura miasmática a cuestas, la solución consistiría en eliminarlos. Se inicia, así, un programa de recuperación de las tierras pantanosas. Esta política tendría sus días de gloria durante el segundo lustro de los años veinte[26] cuando la bonifica integrale recupera las marismas del Agro pontino[27] exitosamente. La influencia italiana por entonces también fue política, tanto que otro general[28] trataría de emular al Duce institucionalizando su pensamiento. Sus vahos no se han disipado y, aún hoy, embriagan el alma de muchos argentinos.

En 1904 se había aprobado la ley de vacunación obligatoria contra la viruela y en 1907 concluiría, con la aprobación de la ley 5195, un proceso iniciado cinco años antes en la Conferencia Nacional de Medicina. Allí, Joaquín V. González[29] reúne a los médicos y expertos en higiene para elaborar un programa de lucha contra la malaria endémica que “continuamente compromete la vitalidad étnica y económica de una rica y extensa zona de nuestra tierra”[30].

La política de canalización y desmalezamiento de arroyos y ríos, junto con el rellenado de las tierras inundables y la administración de quinina, fue el corazón de la lucha por la erradicación del paludismo. Nunca antes, en la Argentina, había existido un programa de salud pública tan ambicioso y amplio. Tampoco nada parecido se había visto en ninguno de los países latinoamericanos independientes por entonces[31]. No obstante, a pesar del esfuerzo realizado los resultados no fueron satisfactorios, aunque pudiera observarse una declinación en el número de afectados.

Para la década iniciada en 1930 se hizo obvio que el modelo usado en los humedales italianos era inadecuado para el ambiente análogo del noroeste argentino.

Es curioso pero un trabajo publicado en los Anales[32] en 1911, cuyo autor era un médico inglés que trabajaba en el ingenio La Esperanza[33] , fue ignorado por la burocracia del Departamento Nacional de Higiene. Aquel científico descubrió dos hechos muy importantes. El primero fue que el mosquito predominante donde prevalecía la malaria era el Anopheles pseudopunctipennis[34] . En cambio en el Lacio italiano la especie anofelina dominante era otra. El segundo y fundamental, fue que el mosquito montañés de los valles calchaquíes se criaba en aguas claras y con preferencia en aquellas que contenían cierta clase de algas multicelulares, aliadas con la spirogyra[35] , las cuales constituían el alimento preferido de las larvas. Por lo tanto, desmalezar y canalizar favorecía el desarrollo del A. pseudopunctipennis.

Veinte años más tarde, el nuevo director[36] del Servicio contra la Malaria redescubre aquellos hechos a partir de sus propias observaciones. Es entonces cuando se produce un cambio en la orientación de las actividades antimaláricas. Alvarado ordena la re-naturalización de los cursos de agua procurando restablecer el estado original de los arroyos. Cuando ello se lograba, en poco tiempo el área se poblaba de larvas de Anopheles argyritarsis –que raramente transmitía malaria- y el A. pseudopunctipennis desaparecía. A partir de allí la nueva estrategia consistiría en buscar los focos donde se criaban las larvas del vector que eran identificados por la presencia de la spirogyra. Las larvas se mataban con petróleo y verde Paris[37] y el espejo de agua se re-naturalizaba. En los lugares donde el método se aplicó rigurosamente se lograba disminuir la incidencia de la enfermedad. El método de patrullaje de focos y la recuperación de tierras continuó invariable hasta mediados de los cuarenta[38] .

El General afortunado

Para el año 1945 la malaria había recrudecido y el número de enfermos mostraría un pronunciado aumento. Uno de los factores que contribuyeron a ese incremento estuvo en la extensión de los focos del litoral mesopotámico, en el noreste, (por ejemplo, en Puerto Iguazú el 80% de la población estaba infectada) [39].

Después del golpe del 43[40] , Alvarado veía su carrera profesional en riesgo. El no era nacionalista ni peronista ni siquiera radical. Era, en realidad, un conservador a la vieja usanza formado en el molde tradicional de la política jujeña. Sus puntos de vista políticos lo convertían en una reliquia y potencialmente en un disidente . En una carta dirigida a su amigo Hackett[42] se quejaba de que el nuevo director nacional de salud [43] lo había rodeado con médicos amigos, hombres con escaso interés en la salud pública y limitados conocimientos de las enfermedades infecciosas. A pesar de ello y que alguno de sus amigos, como Houssay, eran expulsados de la Universidad por su oposición al régimen, el Servicio contra la Malaria de Alvarado fue una de las pocas instituciones sanitarias que sobrevivió a la reforma que alumbró con el nuevo ministro de salud[44]. Carrillo, quien era su amigo desde cuando estudiaban medicina, lo respetaba y valoraba por su trayectoria y lo confirma en sus funciones.

Carrillo que definía la salud, en consonancia con la OMS[45] , como: “un completo estado de bienestar físico, social y mental y no solamente como la ausencia de enfermedad” -en una sorprendente paráfrasis de las palabras de Wilde- invitará a Alvarado a colaborar con el primer plan quinquenal. Así es que este elabora un plan para el control de la malaria que se conocería como Plan 46 . Sin embargo, cuando un año después se lanza el Plan Analítico[47] , el Plan 46 estaba obsoleto y nunca se aplicaría.

Alvarado, quien se mantenía al tanto de las últimas novedades sobre el combate a la malaria, conocía el éxito de una sustancia que había sido aplicada para eliminar los piojos, vectores del tifus, que acosaban a los soldados en la guerra europea. Para 1946 el insecticida había sido utilizado, con excelentes resultados, para combatir los mosquitos transmisores de malaria en varios lugares (Sardinia, sur de USA, Centro América, etc). El mismo Alvarado hizo experimentos en el ingenio Ledesma usando el DDT, primero como larvicida -con magros resultados- y luego contra los mosquitos adultos con excelentes logros.

En aquel momento, decide cerrar la puerta al pasado y desarrollar una nueva estrategia basada en la eliminación del mosquito por la aplicación del DDT[48] . El esfuerzo propuesto era colosal, se necesitaría mucho dinero y Carrillo lo avaló. Al finalizar la reunión donde Alvarado expusiera su plan ante Perón, este le dice a su ministro: “a este muchacho dele lo que pida”.

A partir de allí se organiza el ejército anti-malaria que contaría con un arma secreta imbatible, el DDT. En el comando estratégico, El General, responsable de las operaciones el ministro, quien se presentaba en algunos operativos vestido con uniforme militar de fagina y Alvarado, en el campo de batalla, haciendo honor a su propia máxima : una campaña efectiva contra la malaria “debe ser militarmente concebida y militarmente ejecutada”.

En junio de 1947 la caravana de 60 camiones militares que transportaba a los brigadistas, sus fumigadores y el DDT partió hacia Tucumán, allí el ejército anti-malaria comenzó las acciones. Ese año el número de casos de paludismo superó los 43.000, al año siguiente había caído a algo más de 16.000, para 1949 apenas se registraron 3.300 caso y para antes de la caída del régimen la malaria estaba controlada.

Aunque El General se llevaría los méritos, el verdadero hacedor de la victoria definitiva había sido el Sargento DDT, como lo denominaba la propaganda oficial, de la mano de un tecnócrata conservador y liberal.

Aquellos espectaculares resultados se repetían en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. ¡La malaria había sido definitiva vencida!

El año de 1945 tendrá histórica importancia en la lucha contra el Anopheles, puesto que en aquel año una era termina y otra comienza. Aquellos que escriban, en el futuro, la historia de la malaria podrán decir: antes de 1945 y después de 1945; que es lo mismo que decir antes del DDT y después del DDT.”

Carlos Alberto Alvarado[49]

Epílogo

Los éxitos inexcusables del DDT en la erradicación de la malaria y en el combate contra otros insectos perjudiciales para la salud y la agricultura hizo inevitable un uso abusivo e innecesario del insecticida.

En 1962 se publicaba Primavera Silenciosa. Rachel Carson, su autora había estudiado biología, sin embargo, no había hecho una carrera científica y su trabajo sería de divulgación. En esa obra Carson acusa a los pesticidas y particularmente al DDT de ser inapelablemente dañinos para la naturaleza y los seres humanos. Lo hace directa o sutilmente, pero siempre con efectividad, como cuando escribe: “This sudden silencing of the song of birds, this obliteration of the color and beauty and interest they lend to our world have come about swiftly, insidiously, and unnoticed by those whose communities are as yet unaffected”.

Ese material tuvo una amplia repercusión aún a pesar de que se demostrara que la autora mentía o manipulaba la información[50] . El caso es que a pesar de que, según su biógrafa[51] , Carson nunca reclamó la prohibición del DDT y tampoco sugirió, en su libro, que los pesticidas deberían ser prohibidos, en su país, USA, el DDT es declarado proscripto en 1972. Aquella interdicción se extendió a los demás países desarrollados y, a través de la OMS, se impuso en el resto del planeta. Todas las estrategias sustitutivas fracasaron. La malaria, la leishmaniasis, el dengue y otras resurgieron en numerosos lugares, en algunos casos donde ellas estaban bajo un efectivo control”[52] .

Por esos días, la EPA tenía establecido que: “El DDT no es cancerígeno, mutagénico o teratogénico para el ser humano, y los usos del DDT no tienen efectos deletéreos sobre peces, pájaros, vida silvestre u organismos estuarinos”. No obstante, la prohibición siguió su curso y cuando se hizo pública el jefe de la EPA declaró: “Ha sido una decisión política.” [53]

Desde entonces, la malaria ha crecido y en algunas regiones es hoy la principal causa de muerte infantil. Efectivamente, cada año se producen más de tres millones de muertes debidas al paludismo y, fácilmente, cinco millones de episodios de enfermedad clínica -que requieren tratamiento anti-malárico- se presentan a lo largo del mundo. De ellos el 90% corresponden a Africa[54] . Según la OMS esta enfermedad mata un niño cada 30 segundos en ese continente.

Después de condenar a muerte a tantos durante más de treinta años la OMS, ha relajado la prohibición. En 2007 afirmará: “El DDT es aún necesario y usado en el control del vector de la enfermedad, simplemente porque no hay alternativa que equipare su eficacia y factibilidad operacional, especialmente para grandes áreas de transmisión”[55].

“La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del entusiasmo y la superstición”
Adam Smith
Referencias
[1] Francisco Pizarro and the Conquest of the Inca. Shane Mountjoy. Chelsea House Publishers. Huayna Capac había nacido en el sur de Ecuador.
[2] Terciana y cuartiana eran fiebres recurrentes que se repetían cada 3 o 4 dias.
[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Rupa = fiebre alta.
[4] Manuel Belgrano por Félix Luna; Mi Vida por Manuel Belgrano; Epistolario Belgraniano, Gregorio Wainberg.
[5] General José de San Martin, quien sería jefe del Ejército de los Andes.
[6] El Dr.Joseph J. Thomas Redhead, nacido en Connecticut (USA) de padres escoceses.
[7] Quina es el nombre de una planta americana del género Chinchona. De su corteza se extrae la quinina que aún hoy se utiliza para el tratamiento del paludismo.
[8] El 20 de junio de 1820, Ildefonso Ramos Mejía, Miguel Estanislao Soler y el propio Cabildo de Buenos Aires como cuerpo colegiado ejercían simultáneamente la gobernación de Buenos Aires.
[9] El Dr. Redhead solicitó al Dr. Juan Sullivan que realizara la autopsia.
[10] Mal de Chagas producido por el Tripanosoma cruzi
[11] José María Paz, en “San Martin visto por sus contemporáneos “de José Luis Busaniche. Ed. Solar.
[12] Memorias, General Gregorio Aráoz de La Madrid.
[13] Terragno, Rodolfo H. Maitland y San Martin. UNQUI Ediciones.
[14] Manuel Belgrano, Autobiografía.
[15] Se refiere a la Epidemia de Fiebre Amarilla de 1871.
[16] Mensaje del Presidente de la República Argentina, Domingo Faustino Sarmiento, ante la Asamblea Legislativa en julio de 1871. A pocas semanas de la peste de Fiebre Amarilla.
[17] Palabras de Eduardo Wilde (1877), citadas en “El descubrimiento de la enfermedad como problema social” de Diego Armus. Nueva Historia Argentina. M.Z.Lobato, Ed.Sudamericana.
[18] Carter, Eric D., autor de los siguientes artículos: a) Development narratives and the uses of ecology: malaria control in Northwest Argentina, 1890-1940 en el Journal of Historical Geography 33 (2007) 619-650. b) State visions, landscape, and disease: Discovering malaria in Argentina, 1890-1920 en Geoforum 39 (2008) 278-293 y c) Malaria, Landscape, and Society in Northwest Argentina in the Early Twentieth Century en Journal of Latin American Geography, 7(1) (2008) 7-38. En estos trabajos se encuentra un detallado estudio de la historia de la lucha contra la malaria en Argentina.
[19] Dr.Eliseo Cantón(médico y político jujeño), El paludismo y su geografía médica en la República argentina, Buenos Aires, 1891.
[20] Malaria surge de mal aire (aria) en italiano y paludismo del nombre italiano de pantano: palude.
[21] Snowden, Frank M., The Conquest of Malaria, Italy 1900-1962.
[22] General Julio Argentino Roca. Primera presidencia: 1880-1886 . Segunda presidencia: 1898-1904
[23] Hoy diríamos modernizar.
[24] Ver ref.17
[25] Tomado del “Informe sobre el estado de la clase obrera” realizado por Juan Bialet Massé. Ed.Hyspamerica. El trabajo le fue encomendado por el presidente Roca en el último año de su segundo mandato.
[26] Desde 1922 gobernaba Italia Il Duce, Benito Mussolini.
[27] Marismas sobre la costa marítima al este de Roma, región del Lazio.
[28] Genaral Félix Uriburu, líder del golpe militar del 06/09/ 1930 que derrotara al gobierno de H. Irigoyen. En este episodio el Capitán Perón formó parte del comando organizador.
[29] Ministro del Interior de Roca. Sería el fundador de la Universidad de La Plata.
[30] Palabras de Roca al enviar al Congreso el proyecto que se convertiría en la ley 5195.
[31] S. Franco Agudelo. El paludismo en America Latina (1990). Ed.Universidad de Guadalajara, Guadalajara, Mexico.
[32] Guillermo C Paterson, Las fiebres palúdicas en Jujuy, publicado en los Anales de la Dirección Nacional de Higiene.
[33] El ingenio estaba ubicado en San Pedro, Jujuy.
[34] La enfermedad es provocada por un protozoario: el plamodium. Existen muchos plasmodia sin embargo sólo tres especies infectan al hombre: P. falciparum, P. vivax, P.ovale y P. malariae. El mosquito vector depende de la región.
[35] Spirogyra es un alga filamentosa que forma masas de aspecto algodonoso y que, generalmente, flotan en el agua.
[36] Dr. Carlos A. Alvarado, medico jujeño.
[37] Es el acetoarsenito de cobre, compuesto con arsénico y muy tóxico.
[38] Alvarado, aún encargado Servicio contra la Malaria, desmantela el programa de patrulla de focos en 1947.
[39] Alvarez, Adriana. ¿Un enemigo menos? : erradicación y remergencia del paludismo en la Argentina 1940-1960. Dialogos. Revista electrónica de Historia.(2008)
[40] Golpe de estado de 1943 que depondría al presidente Ramon Castillo. En su organización y durante el gobierno militar el Coronel Perón cumplió un rol destacado.
[41] Carter, Eric D. “God Bless General Perón”: DDT and the Endgame of Malaria Eradication in Argentina in the 1940s. Journal of Latin American Geography, 7(1)[2008]7-38
[42] Hackett , Lewis W., director de la Internacional Health Division de la Rockefeller Foundation con sede en Buenos Aires.
[43] Dr.Manuel A. Viera, antecesor de R. Carrillo.
[44] Ramón Carrillo sería ministro de salud desde 1946 hasta que sus enemigos dentro del peronismo lo obligaron a renunciar y exiliarse, en 1954, un año antes del golpe que destituiría a Perón.
[45] Organización Mundial de la Salud.
[46] Ramón Carrillo, Plan analítico de Salud Pública (1947). Los planes quinquenales tenían como único antecedentes los ejecutados en la URSS durante el gobierno de Stalin.
[47] Ver ref.46.
[48] Dicloro Difenil Tricloroetano, solido insoluble en agua se aplicaba disuelto en kerosene.
[49] Alvarado, C.A, “La lucha antimosquito en la América tropical”, en el Proceedings of the Fourth International Congresses on Tropical Medicine and Malaria, Washington, DC, 1948.
[50] Dr.J.Gordon Edwards, DDT: A Case Study in Scientific Fraud.
[51] Linda Lear
[52] Norman G.Gratz. Emerging and resurging vector-borne diseases. Annu.Rev.Entomol. 44[1999]51-75.
[53] Eduardo Ferreyra, Ecología: Mitos y Fraudes.
[54] J.G. Breman, M. Alilio and A. Mills. Conquering the intolerable burden of malaria: What´s new what´s needed: A summary. Am.J.Trop.Med.Hyg. 71(suppl.2)[2004]1-15.
[55] Global Malaria Program. The use of DDT in malaria vector control. World Health Organization position statement, 2007.

sábado, 13 de noviembre de 2010

GUADAÑA


En aquellos días de febrero del 56 estábamos muy ocupados aunque no, como era habitual cada año, en los preparativos para el próximo carnaval. En esa ocasión el club del barrio, Defensores del Monte, había convocado a los vecinos a pintar con cal, los cordones de la vereda y los árboles, en lugar de promocionar los tradicionales bailes, durante los cuales siempre actuaban una orquesta típica y una característica o de jazz[1] .

Mientras los varones, grandes y chicos, se concentraban en el encalado[2] , las mujeres baldeaban las veredas y las cunetas por donde corrían las aguas que salían de las casas, provenientes de desagües pluviales, lavaderos y cocinas. Por entonces, el pavimento de la calle, de hormigón armado, terminaba en la esquina, a veinte metros de mi casa. Las calles de tierra estaban flanqueadas por grandes zanjones que desaguaban en el asfalto[3] por donde las aguas corrían, junto a los cordones, a lo largo de una cuadra hasta la primera alcantarilla.

El trabajo de desinfección lo completaban los bomberos voluntarios de Sarandí o de Villa Domínico[4] quienes, con una autobomba, rociaban el frente de las viviendas con acaroína[5] . Todos los pibes llevaban, colgando del cuello, una bolsita con alcanfor que los protegía de los miasmas que transportaban el mal.

Aquella fue la única protección contra la epidemia. Recién hacia fines del año llegó la caballería[6] y nos vacunaron a todos con la Salk[7] . Desde entonces, y por mucho tiempo, se habló de las secuelas dejadas por la parálisis infantil. Un visible número de personas, casi 7000, se vieron afectadas. La mayoría fueron niños de los cuales treinta y ocho de cada cien murieron. Los otros arrastrarían, por el resto de sus vidas, discapacidades de variada gravedad debidas al daño ocasionado, por el virus, al sistema nervioso muscular.

La enfermedad, al parecer, había sorprendido a las autoridades, sin embargo su existencia no era desconocida en nuestro país.

El origen de la poliomielitis puede remontarse al antiguo Egipto aunque las epidemias empezaron a ser notables, en el mundo occidental, durante el siglo XX. En la Argentina se sufrieron brotes de importancia creciente desde 1906 . Entre ese año y 1932 se produjeron 2680 casos. En la década siguiente, que termina en 1942, los enfermos llegaron a 2425. Y en el siguiente año, a partir de fines de 1942, se detectaron 2280 casos. Se ha dicho[9] que este brote puso en evidencia la improvisación en la acción sanitaria debido a la inexistencia de alojamiento para los pacientes, de aparatos para los tratamientos y de personal especializado (enfermeras, kinesiólogos).

Desde aquella epidemia la preocupación estuvo siempre presente entre médicos y legisladores, y el interés por la enfermedad no desapareció. Sin embargo, no fue suficiente para evitar que en 1953 se produjera un nuevo brote que afectó a casi 2700 personas (71% niños menores de 4 años) convirtiéndose en el brote más grave hasta entonces. El organismo sanitario[10] era consciente del incremento en el número de casos pero justificaba su aparición como parte de una “ola epidémica mundial”, resaltando que los índices locales eran menores que los de Estados Unidos. El ministro de salud de entonces[11] , en conferencia de prensa, afirmaba que “la epidemia de poliomielitis no existe” y un comunicado del ministerio responsabilizaba a los médicos por la “psicosis de la población” al difundir “rumores infundados”. Así fue que, en medio de la confusión producida por el golpe del 55 y el alzamiento[12] del 56, la polio tuvo el terreno preparado para hacer su agosto en pleno verano.

En el barrio, a juzgar por los resultados, el trabajo realizado fue eficaz. El único que enfermó de polio fue el hijo más chico de Juan, el carnicero, y la discapacidad afectó solamente su pierna derecha.

Un par de años más tarde no se perdía ninguno de los picados que, con la Pulpo[13] de goma, jugábamos en la calle. Guadaña, como lo apodamos debido al semicírculo que dibujaba con su pie al caminar, era bastante hábil con la zurda sana.

Nunca nadie, que yo recuerde, se animó a preguntarle si, durante la epidemia, su vieja[14] había olvidado colgar de su cuello la bolsita de alcanfor.

Referencias
[1] La orquesta típica era de tango, la característica tocaba musica variada, y el jazz podía estar a cargo de grandes orquestas tipo Glen Miller. La temporada anterior a la epidemia en el Club del  Monte estuvieron las orquestas de Juan D´arienzo y Oscar Alemán. Lo recuerdo bien porque Alemán y su orquesta cenaron en mi casa invitados por mi viejo, el clarinetista.
[2] Pintar con cal.
[3] Aunque el pavimento fuera de hormigón armado se le llamaba asfalto.
[4] Ambos barrios de Avellaneda.
[5] Aceites creosotados tambien llamados creolina o Aceite Manchester que en agua forman una emulsión blanquecina.
[6] Habrá quienes recuerden de las películas de cowboys que cuando parecía que los indios acabarían con los colonos llegaba la caballeria para salvarlos.
[7] Vacuna antipolio desarrollada por el Dr. Jonas Salk y autorizada para su uso en 1955 en USA.
[8] Karina I. Ramacciotti, "Las sombras de la política sanitaria durante el peronismo: los brotes epidémicos en Buenos Aires", Asclepio, Revista de Historia  de la Medicina y de la Ciencia, 2006, vol.LVIII, Nro 2, pag.115-138.
[9] Reggi, J (1946), "El problema del tratamiento de la parálisis infantil en nuestro país", Segunda Conferencia para el Bienestar del Lisiado, Buenos Aires.
[10] Ref.8.
[11] Ramón Carrillo.
[12] Se refiere al golpe cívico-militar contra el peronismo denominado Revolución Libertadora y el fracasado alzamiento civico-militar restaurador.
[13] Pulpo era la marca de unas pelotas de goma roja con rayas blancas.
[14] Aclaro para los lectores no argentinos: vieja equivale a madre.


sábado, 28 de agosto de 2010

LA CRUZ DE HIERRO


Buenos Aires, en 1871, era en realidad una ciudad medieval de calles de tierra arcillosa, muchas de ellas rellenas con los residuos domiciliarios y fácilmente convertibles en pantanos cuando las lluvias abundaban. El agua para consumo de la población se obtenía de aljibes, en las pocas casas que los poseían, que coleccionaban la de lluvia. Pero la mayoría la recibía de los aguateros que la recogían del río en condiciones carentes de higiene. Ésta se almacenaba en tinajas o barriles donde decantaba hasta que, libre de turbidez, pudiera beberse[1] . Por otro lado, miles de pozos negros recogían las aguas servidas de los hogares porteños, aunque muchas veces éstas eran vertidas directamente a hediondos zanjones.

Mapa de Buenos Aires en 1871
Aquel verano se presentaba como el más caluroso y seco de los últimos años y el inusual calor del sol favorecía la fermentación de los desechos apelmazados en las calles o apretados debajo de desprolijos empedrados[2] . Para diciembre el Riachuelo olía terrible, nauseabundo, y sus aguas enrojecían con la sangre de los animales sacrificados en los saladeros aledaños. Cuando el viento soplaba del sur el hedor invadía la gran aldea.

Desde su fundación la ciudad de los buenos aires había sufrido diversas plagas y en los últimas dos décadas la viruela, la peste bubónica, el cólera y la fiebre tifoidea la habían visitado periódicamente.
Dos años antes, fines de 1868, Sarmiento asumía la presidencia en medio del cólera y esa circunstancia fue, quizás, la causa de que meses después se creara el Consejo de Higiene y se iniciara el suministro de agua corriente, durante algunas horas al día, a través de un pequeño número de surtidores callejeros. Sin embargo, el gobierno se encontraría con la guerra del Paraguay, debería enfrentar la rebelión entrerriana de López Jordán, el asesinato de Urquiza y la antipatía de buena parte de los porteños entre ellos el gobernador autonomista.

En la ciudad coincidían la autoridad municipal, la provincial y la nacional, ésta con escaso poder sobre los asuntos locales. Bajo tales circunstancias, a fines de enero del 71, aparecen los primeros casos de fiebre amarilla. Al principio no se le da importancia y la comisión municipal continúa con los preparativos para el carnaval[3] . Sin embargo, la epidemia se extiende con rapidez desde San Telmo hacia el resto de la ciudad impregnándola del perfume lúgubre de la muerte.

La enfermedad era conocida por sus síntomas. Un brote había afectado a la ciudad y a la vecina Montevideo el año anterior, además era endémica en Brasil. Por otra parte, la plaga que al final de la guerra se había desatado sobre Asunción, a fines de 1870, se abate sobre la ciudad de Corrientes donde la epidemia toma la vida del 20% de su población. Resultaba inevitable que la fiebre asediara a Buenos Aires quien, a pesar de los antecedentes, no estaba preparada para enfrentarla.
Pintura de J.M.Blanes

La enfermedad producía miedo. Los médicos desconocían la causa del fenómeno y alguno de ellos reconocía que siempre había tenido un temor indefinido a la enfermedad por carecer de idea alguna sobre su causa[4] , de cómo se transmitía, de cómo curarla.

El virus de la fiebre amarilla fue aislado por primera vez en 1927 en África occidental. Y se presupone, generalmente, que desde allí llegó a América[5] . Sin embargo, el libro sagrado de los mayas quichés, el Popol-Vuh, relata la epidemia de xekik (vómito de sangre) ocurrida entre los años de 1480 y 1485 y comenta que la enfermedad se debería a la convivencia con los monos. La mención del xekik se repite en otros textos sagrados como el Chilam Balam [6].

Fue tan sólo diez años después, 1937, que un médico cubano de origen irlandés[7] expone públicamente su teoría de que la fiebre amarilla era transmitida por un mosquito, el Aedes aegypti. Hoy sabemos que en las selvas americanas la transmisión entre monos o entre estos y los hombres está a cargo de diferentes mosquitos, diversas especies del género Haemagogus. Aunque, en las selvas africanas son otros los mosquitos transmisores. Sin embargo, en ambos continentes el Aedes aegypti es el vector en las regiones urbanas. Resulta obvio que quien acompañó a colonizadores y comerciantes en sus viajes, e hiciera que las epidemias azotaran las ciudades del Nuevo Mundo, fue el mosquito oriundo del norte de África. Aquel, el Aedes aegypti[8], se cría en pequeños depósitos de agua fresca, produce huevos resistentes a la disecación y tiene preferencia por alimentarse de los humanos con quienes vive en cercana asociación[9].

A principios de marzo los muertos comenzaban a contarse por decenas, cada día. Las autoridades estaban desconcertadas y en desbandada. La población aterrada abandonaba la ciudad y muchos inmigrantes colmaban los barcos para regresar a su tierra[10] .
Conventillo

Varios destacados vecinos deciden, a mediados de marzo, convocar una asamblea popular. La convocatoria es hecha por los directores de La Nación (Bartolomé Mitre y Vedia), El Nacional (Aristóbulo del Valle), La República (Manuel Bilbao), La Tribuna (Héctor Varela), La Prensa (José C. Paz) y Freie Presse (Adolfo Korn, padre de Alejandro). Miles de porteños se reúnen en la Plaza de la Victoria y allí nace la Comisión Popular de Socorro, presidida por Roque Pérez, Maestre de la Gran Logia Argentina de Libres y Aceptados Masones. La inmensa mayoría de los miembros de la comisión eran masones[11] , sin embargo entre ellos figuraban un par de curas, el presbítero Domingo César y el sacerdote irlandés Patricio J. Dillon. Junto con la Comisión de Higiene y algunas autoridades enfrentaron la crisis. Varios de ellos fueron víctimas fatales de la fiebre amarilla.

El tren de los muertos
Con los idus[12] de marzo el presidente Sarmiento y su vice Alsina dejan la ciudad. Su camarada Roque Pérez les habría recomendado hacerlo[13] . Para entonces la mayoría de los habitantes de la ciudad la habían abandonado. La Comisión recomienda hacerlo y dispone medidas para llevar hacia las afueras a los habitantes que no tenían recursos. Se ha dicho, con intencionada superficialidad, que los ricos huyeron hacia el norte olvidando decir que el resto huyó en todas direcciones. Las dos terceras partes de una población de casi 190.000 dejaron sus hogares, lujosos o miserables. “Incluso los changadores, quienes acostumbraban a juntarse en las esquinas, se fueron; mucha gente de las clases bajas se acumulaba a lo largo de los principales caminos hacia el norte que iban a Belgrano o hacia el oeste en dirección a Flores y formaban verdaderos campamentos gitanos en cualquier lugar donde se encontraba un grupo de árboles o casas en ruinas que podían proveerles de techo”.[14]

De aquella población la mitad eran extranjeros y de estos un cincuenta por ciento italianos. Efectivamente cuarenta mil tanos, genoveses y napolitanos, se atiborraban en los conventillos de la ciudad, principalmente ubicados en La Boca, San Telmo y Monserrat. Allí comenzó la peste y allí cobró el mayor número de víctimas.

Oficialmente los muertos fueron alrededor de 14.000, no obstante algunos testigos afirman que fueron más de veinte mil[15] . Apenas la cuarta parte de los muertos eran nativos de Argentina[16]. En el recuento no fueron discriminados por raza por lo cual no es posible saber cuántos negros murieron en esa ocasión. Estos representaban para la época de las invasiones inglesas alrededor del 30% de la población, sin embargo, “el número ha ido disminuyendo gradualmente, y (hoy) los negros son relativamente escasos.” [17]El candombe ha dejado su testimonio:
Ya no hay negro botellero,
ni tampoco changador,
ni negro que vende fruta,
mucho menos pescador;
porque esos napolitanos
hasta pasteleros son
y ya nos quieren quitar
el oficio de blanqueador.
Ya no hay sirviente de mi color.
Porque bachichas toditos son;
Dentro de poco ¡Jesús, por Dios!
Bailarán zamba con el tambor.
Inmigrantes
Efectivamente, “se culpó de la epidemia a los inmigrantes italianos. Se los expulsó de sus empleos. Recorrían las calles sin trabajo, ni hogar, algunos incluso murieron en el pavimento, donde sus cadáveres quedaban con frecuencia sin recoger durante horas. Había un gran pedido de pasajes para Europa. La compañía Genovesa vendió 5200 pasajes en quince días…” . [18]

Ciertamente, los tanos no fueron culpables de la plaga pero si sus principales víctimas. La mayoría de los muertos fueron genoveses y napolitanos cuyo sueño de hacer la América terminó en las fosas comunes de los cementerios porteños.

A mediados de mayo el número de muertos se había reducido a un centenar por día, no obstante la ciudad aparecía desierta pudiendo recorrerse varias cuadras sin ver persona alguna. Para junio la gente ya retornaba masivamente y el miedo a un nuevo brote se percibía en todas partes. No obstante, la fiebre no regresó.

El 21 de junio se realiza un reconocimiento a los abnegados y valientes miembros de la Comisión Popular. Una comisión de homenaje, con el auspicio del gobierno, crea para la ocasión la Orden de los Mártires, cuya máxima condecoración sería la Cruz de Hierro en el grado de Caballero. Se entregaron 48 cruces de acero bruñido, siete de ellas fueron póstumas para quienes habían muerto durante la epidemia .

En ocasiones se aprende de las crisis. La plaga del 71 dejó enseñanzas que en pocos años transformaron la ciudad de Buenos Aires. Clemenceau, quién visitara Argentina para el Centenario, da crédito de la metamorfosis: “La inspección de los hospitales es eminentemente favorable. El nuevo hospital de contagiosos, situado a varios kilómetros del centro de la capital, comprende una serie de pabellones modelos, estrictamente aislados, de los que cada uno está asignado al tratamiento de una afección especial. El Hospital Rivadavia, reservado para mujeres, los servicios Cobo (tuberculosos pulmonares y operaciones quirúrgicas) causan sobre todo la admiración del visitante.” [19]

Referencias
1.-Wilde J.A., Buenos Aires desde 70 años atrás. Ed.Eudeba.
2.-Buenos Aires Standard, articulo publicado el 30 de abril de 1871.
3.-El presidente de la Comisión Municipal, Narciso Martinez de Hoz, ignoró la epidemia hasta principios de marzo. Murio de fiebre amarilla.
4.-Harispuru, A. Bs.As., 1871. Crónica de una epidemia. Conexión pediátrica, Vol.1 (2008)
5.-Barret A.D.T and Higgs S. Yellow Fever: A Disease that Has Yet to be Conquered. Annu.Rev.Entomol. 2007, 52, pag 209-229.
6.-Gongora-Bianchi R.A. Revista Biomédica 15(2004) pag. 251-258.
7.-Findlay, Carlos. Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, 14 de agosto de 1881.
8.-Traduciría Aedes aegypti como templos egipcios.
9.-Ver ref.5
10.- Mardoqueo Navarro, diario personal. Testigo de la peste.
11.- Miembros de la Comisión: Manuel Argerich, Guillermo y Pedro Gowland, Carlos Guido Spano, Francisco Uzal, Evaristo Carriego (padre del poeta), Matías Behety, J.Viñas, Florencio Ballesteros, Francisco Javier Muñiz, Armstrong, A. Larroque, José Maria Cantilo, Fernando Dupont, Pascual Barbaty, Juan y Manuel Argenti, Juan Carlos Gómez, Eduardo Wilde, José Penna, Leopoldo Montes de Oca y Guillermo Rawson, entre otros.
12.- A mediados de marzo.
13.- Quiroga, María C. atribuye a Roque Perez tal consejo en sus Crónicas de la Peste. Ed.Kier.
14.-Mulhall, Marion G., Plague at Buenos Aires. Irish Migration Studies in Latin America.
15.-Ver ref.2
16.-En esos momentos la Argentina no existía.
17.-Ver ref.1
18.-Bunkley, Alison William, Historiador norteamericano.
19.-Clemenceau, Georges. La Argentina del Centenario. UNQUI.